Ruta de Sección: Inicio > Ensayos > Viéndolo simplemente

Artículos Advaita - Wei Wu Wei (1964)

Viéndolo simplemente

por Wei Wu Wei
Wei Wu Wei

Es casi un axioma que el fenómeno (apariencia u objeto) no puede llevar a cabo acción alguna por propia iniciativa como si se tratase de una entidad independiente. El antiguo filósofo chino Chuang Tzu ilustra perfectamente este particular con la historia de una cerda que murió mientras amamantaba a sus lechones: éstos simplemente abandonaron el cadáver de la madre porque ella ya no estaba allí. La antigua Europa también hizo gala de la misma comprensión desde una época muy temprana utilizando el término animus para referirse a lo que "anima" la faceta fenoménica de los seres sintientes y que aporta la base a numerosas creencias religiosas. Sin embargo, a diferencia de Occidente —donde el animus tiene un carácter personal que se define como la capacidad de sentir de cada objeto—, en Oriente recibe el nombre de "corazón", "mente" o "conciencia" y, más concretamente, el budismo y el vedanta lo denominan "mente búdica", "prajna" o "atman" y le atribuyen un carácter más impersonal y universal.

Cuando esa "mente" impersonal se manifiesta u objetiviza a sí misma en tanto que sujeto y objeto, acaba identificándose con cada objeto sintiente y es así cómo surge en los seres humanos la noción del yo y cómo el universo fenoménico que conocemos y habitamos acaba pareciéndonos "real". Esa es, dicho sea de paso, la única "realidad" (cosificación) que no podemos llegar a conocer jamás, ya que estamos utilizando el término "real" (como una cosa) para referirnos a algo que no lo es —pues es pura subjetividad—, lo cual no es sino un serio abuso del lenguaje.

Ese proceso de personalización y de concepción de la "mente" como un yo, mediante el que convertimos al sujeto en objeto —por más que el yo no pueda ser convertido en tal cosa, puesto que carece de objetividad—, es una expresión directa de la pura subjetividad. De hecho, la objetivización de la pura subjetividad —con independencia de que la denominemos "mente" o "yo"— es lo que constituye nuestra "esclavitud". Ésa es, pues, la noción —también llamada yo, ego o concepto-del-yo— de la que debemos "liberarnos" a toda costa y que, supuestamente, nos hace sufrir y esclaviza.

Es evidente —como el Buda y cientos de sabios despiertos han mostrado para ayudarnos a comprender— que somos esa mente que "anima" las cosas y que la verdadera sensibilidad reside en el noúmeno y no en el objeto fenoménico. Eso no quiere decir, no obstante, que el objeto fenoménico carezca de existencia en absoluto, sino tan sólo que su existencia es pura apariencia, que es el significado del término "fenómeno", es decir, que tan sólo es una apariencia en la conciencia, una objetivización carente de existencia propia y completamente dependiente de la mente que la objetiviza y que es su misma naturaleza, tal como ocurre con cualquier criatura onírica. Eso es, en definitiva, lo que el Buda, en el Sutra del Diamante, y muchos otros maestros después de él, nos han explicado con tanta paciencia.

Esa mente o conciencia universal e impersonal es nuestra verdadera naturaleza, nuestra única naturaleza, y todo, absolutamente todo lo que somos, estando completamente vacía de yoidad.

No parece difícil de comprender y sería más sencillo incluso si ésta fuese la verdad última, pero no es así por la sencilla razón de que no existe una "mente" objetiva, de igual modo que tampoco existe el "yo" ni ningún otro objeto como cosas en sí mismas. Lo-que-es está completamente vacío de cualquier cualidad objetiva y, por consiguiente, no puede ser visualizado, concebido ni expresado en modo alguno puesto que no existe ningún proceso capaz de convertirlo en el objeto de ningún sujeto, algo que, por definición, nunca puede ser. La razón es que la "mente" en cuestión es la fuente inmanifestada de lo manifestado, un proceso que resulta en la división entre sujeto y objeto. Sin embargo, previamente a dicha división, no existe un sujeto que perciba a un objeto ni un objeto percibido por un sujeto. De hecho, sabios como Padma Sambhava nos revelan que aquello que trata de concebir y nombrar a la fuente inmanifestada de la manifestación es precisamente esa "mente total", la cual no sólo constituye su función "anímica" o "prájnica", sino que es la misma búsqueda. De ese modo, lo buscado es el mismo buscador.

La plena comprensión de este particular supone despertar a lo que se conoce como "Iluminación".

Sin embargo, todos esos razonamientos —al igual que ocurre con cualquier punto doctrinal— son meros conceptos carentes de realidad, una estructura teórica de la imaginación o un diagrama simbólico concebido para ayudarnos a comprender algo inmediato de lo que nunca hemos cobrado conciencia. Sin embargo, ese "algo" último —que no es una "cosa"— también es, no obstante, lo mismo que el universo y todo lo que somos.

Psicológicamente, el "concepto-del-yo" carece de naturaleza propia, no es una "cosa" y, muy posiblemente, no supone "esclavitud" real alguna. De hecho, la esclavitud no puede existir en modo alguno, sino tan sólo la idea de la misma. Tampoco existe la liberación, puesto que no hay nada de lo que liberamos. Cuando percibimos tal como es la estructura conceptual, ésta colapsa necesariamente y, con ella, la absurda noción de esclavitud-iluminación. Eso es lo que se denomina el Despertar, es decir, despertar al estado natural compartido por todos los seres sintientes. Sri Ramana Maharshi no enseña otra cosa cuando sostiene que la iluminación se reduce a deshacerse de la creencia de que no estamos iluminados, palabras que bien podrían reproducir una cita del sabio de la dinastía T'ang llamado Hui Hai y también conocido como la Gran Perla, cuando afirma que la Liberación consiste en la liberación de la noción de "liberación". Ramana Maharshi también podría estar citando a Huang Po (fallecido en torno al año 850) del que, con toda probabilidad, nunca oyó hablar, aunque ambos utilizan las mismas palabras, llenas de humor, para responder a la pregunta que una persona hacía sobre "su" mente. Y la respuesta de cada uno de esos sabios fue idéntica: "¿Cuántas mentes tiene usted?"

Así pues, ¿cuántas mentes tenían las personas que formularon la pregunta? Ninguna en absoluto. No sólo no tenían dos mentes, sino que no tenían ninguna. No eran en sí mismos una mente, porque no existe ninguna cosa similar a la mente. Ni ellos ni la mente han poseído jamás —ni poseerán nunca— ningún tipo de objetividad porque nada objetivo ha sido ni será jamás. Todo "eso" —y "eso" es el más objetivo de los pronombres— que puede ser pensado constituye la substancia de la gigantesca fantasmagoría de la objetividad, a cuya construcción dedicamos nuestra vida y donde esperamos encontrar denodadamente alguna clase de realidad que, muy probablemente, no resida en ella. Esa vasta construcción no es sino una fantasía, un sueño, tal como sostiene el Buda (o cualquier otro que haya escrito en su nombre) en el Sutra del Diamante, mientras que la verdad que el sueño representa —o distorsiona— y de la que es un reflejo o una desviación, es la fuente del sueño, que es también todo lo que somos. Esa fuente no posee nombre alguno porque el nombre siempre denota a un fenómeno y, por otro lado, tampoco existe ningún soñador fenoménico sino tan sólo la función denominada sueño. Sri Bhagavan lo denomina "yo-yo" —si es que puede ser denominado de algún modo— y ninguna forma gramatical podría estar más cercana a la realidad o ser menos confusa como mera indicación que el término utilizado por él.

Toda objetivización es conceptual, todo concepto es una inferencia y toda inferencia está tan vacía de verdad como el vacío de aire. Además no hay verdad, nunca la ha habido y nunca la podrá haber. No hay "talidad", "esidad", "asidad", ni nada positivo ni negativo, sino tan sólo la completa ausencia de lo cognoscible, que es también la absoluta presencia de lo impensable y lo incognoscible, de la cual no podemos decir ni que es ni que no es. Por consiguiente, se afirma que es una inmensa y radiante claridad que trasciende completamente las nociones de tiempo y de espacio y que está libre de la opacidad proyectada por nuestra imaginación finita y temporal.