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Textos Advaita - Enrique Martínez Lozano

El modelo no-dual de cognición (Parte 1)

por Enrique Martínez Lozano
Enrique Martínez Lozano

Gran parte de la filosofía occidental y, en consecuencia, la ciencia y aun la misma teología, han identificado el conocer con el pensar, conduciendo a un reduccionismo estrecho y nihilista.

Una de las mayores revoluciones de nuestro momento cultural consiste, precisamente, en la toma de conciencia de otro modelo de conocer, infinitamente más rico y ajustado a lo real.

El primero es el modelo mental, dualista, que conduce a un conocimiento por reflexión. El segundo es el modelo no-dual, se asienta en la consciencia o atención no mediada por la mente y conduce a un conocimiento por identidad.

Ambos son complementarios: el primero se mueve eficazmente en el mundo de los objetos; el segundo, en el de la realidad no objetivable. De ahí que las cuestiones más decisivas sólo puedan ser respondidas adecuadamente desde este segundo modo de conocer.

Dado que la diferencia entre ambos modelos es algo que cualquier persona puede experimentar, veámoslo con algunos ejemplos concretos.

Si la piensas, la vida es sólo un objeto: algo que tienes y que, por tanto, puedes perder. Por el contrario, si dejas caer todos los pensamientos y atiendes la vida de una manera no-mediada por la mente, percibirás que la vida, sencillamente, es. Y que tú mismo eres vida. No existe ninguna distancia entre la vida y tú.

Si la piensas, conviertes a la verdad en una creencia, es decir, en un concepto; no puede ser de otro modo. Por el contrario, al silenciar la mente, lo que queda es lo Real no pensado, que también a ti te constituye.

Si la piensas, tu identidad te parece ser el yo individual, una estructura psicosomática. Si sueltas todos los pensamientos y todas las ideas previas sobre esa supuesta identidad, te percibirás como pura consciencia, sin límites ni separación.

Del mismo modo, si lo piensas, Dios no será para ti sino un "ser separado", un "individuo" al margen del cosmos, es decir, un ídolo proyectado por la propia mente. Si abandonas los pensamientos, saliendo de ese modelo mental, "Dios" se muestra sencillamente como "Lo que es", la Mismidad de todo lo que es, de una forma radicalmente no-separada de nada.

En resumen, dado que la verdad no es un objeto al alcance de la mente, no se la puede pensar; únicamente se la puede ser. Por decirlo sencillamente, la verdad es una con la realidad, con lo que es. Y no hay forma de conocerla sino siéndola ―ese es el conocimiento por identidad―, tal como afirmaba el místico cristiano del siglo XVII, Angelus Silesius, refiriéndose a Dios:

"Qué sea Dios, lo ignoramos... ; es lo que ni tú ni yo ni ninguna criatura ha sabido jamás antes de haberse convertido en lo que Él es". (1)

Así planteada, tomamos conciencia de la envergadura de la crisis religiosa. Porque no se trata, en primer lugar, de un problema específicamente "religioso" ―si crece o disminuye la fe―, sino filosófico; o, más exactamente aún, gnoseológico, es decir, que remite a la pregunta sobre el cómo conocer e, indirectamente, a la constatación de que, en lo referente a la realidad inobjetivable, la mente nos engaña.

El tránsito de un modo de conocer al otro requiere ejercitarse en pasar del pensamiento a la atención, porque sólo acallando la mente es posible "ver" en profundidad. Aquí se inscribe la importancia de la práctica meditativa, entendida como silenciamiento de la mente y educación de la atencion-sin-pensamiento.

En la medida en que ejercitemos la atención, experimentaremos que, aunque nuestra mente carezca de respuesta a múltiples interrogantes, podemos siempre descansar en lo que es. Y, simultáneamente, percibiremos que no se trata de "algo" separado de nosotros, sino que eso mismo es lo que somos. Precisamente por ello, porque lo somos, es por lo que podemos experimentarlo y conocerlo. Se han "caído" las creencias; queda la visión diáfana y magnífica de lo que es.

Frente a la inercia que nos ha instalado en el pensamiento incesante y errático ―encerrándonos en la jaula del hámster―, necesitamos ejercitar la atención como medio para crecer internamente, para estar plenamente vivos y para poder amar. Nada de eso se consigue si permanecemos identificados con la mente. En efecto, la identificación con el pensamiento nos aleja de nosotros mismos ―de nuestra verdadera identidad―; la atención, por el contrario, nos conecta y ancla en lo que es (en lo que somos).

Decía que únicamente desde la atención podemos amar. Si estamos en la mente, no saldremos de los juicios y de las etiquetas. Desde ella entenderemos el amor en clave de voluntarismo o de sentimentalismo. Pero nada de eso es amor, no tiene que ver con propósitos mentales ni con movimientos emocionales del ego, con miedos ni con necesidades.

El amor es la consciencia clara de no-separación ―de la unidad que somos―, que me hace ver que "tú eres otro yo" y que "yo soy otro tú". Porque esa consciencia me sitúa en el "Yo Soy" universal que nada deja fuera.

Pero a esto no podemos llegar por el pensamiento; únicamente lo vemos así desde la atención desnuda. Más aún, este tipo de atención ―consciencia― es sinónimo de amor. No podría ser de otro modo.

Esta distinción no significa, en absoluto, que exista una contraposición entre "pensar" y "atender". Siendo cierto que la identificación con el pensamiento hace imposible la atención, no lo es menos que la persona integrada (espiritual) puede vivirse habitualmente en la atención, y desde ahí utiliza el pensamiento como una herramienta preciosa de la que se sirve. [...]

El modelo mental no es el único posible. Existe otro modo de ver, desde la no-dualidad. Y ahí las cosas cambian por completo. Esa nueva visión nace de otro modo de conocer, que se basa en la aproximación transmental a lo real. Se trata de una aproximación respetuosa a "lo que es" en la que, silenciada la mente, acogemos el Misterio que se muestra, nos reconocemos y descansamos en él. [...]

El modelo dual llegó a desvirtuar palabras tan sublimes como "Ser" o "Dios". Por ello, escribe Mónica Cavallé:

"Es preciso acudir a términos o metáforas menos contaminadas y más vinculadas a nuestra experiencia directa. Y a ello puede ayudarnos la palabra Vida. No es posible escapar de la Vida. Nadie puede concebirla como algo Otro, distinto del mundo o de sí mismo. Somos la Vida. O, más propiamente, Ella nos es. Y la Vida es una constante celebración de sí misma". (2)

Retornando el hilo de nuestra reflexión, podemos decir que el modelo dual es absolutamente incapaz de decirnos ―y de llevarnos a experimentar― qué es la vida. Definirá la vida como un objeto, estudio de diferentes ciencias (medicina, zoología, biología...), pero no podrá ir más allá.

De hecho, espontáneamente, tendemos a considerar la vida como algo "exterior" a nosotros ―aquí queda patente el modo mental de funcionar, que separa el yo de todo lo demás, por absurdo que nos parezca cuando nos percatamos de ello―, siendo así que todo nos dice que no puede haber nada "fuera" de ella, fuera de lo Real.

Por eso ―debido a la trampa oculta en el modelo mental―, sólo podemos saber lo que es la Vida cuando la somos de un modo consciente, inmediato y auto-evidente. Es entonces, al serlo, cuando experimentamos que somos Vida. Y que hay una única Vida que vive en nosotros. Sigue diciendo Mónica Cavallé:

"El sabio no siente que viva su vida; se sabe vivido por la corriente de la única Vida. Y descansa en esa certeza, sorprendido y maravillado ante la obra que la Vida realiza a través de él y a través de todo lo existente. Somos expresiones de la Vida, sostenidos por Ella". (3)

Es algo que se halla al alcance de todos, de modo que cualquiera puede experimentarlo de un modo directo. Por un momento, deja de lado todo concepto y siente la vida. No quieras pensarla, porque la reducirás a un objeto que no es. Sin necesidad de pensarla, siéntela plenamente. ¿Qué hay? Solo Vida, que tú también eres, Vida ilimitada, sin fronteras, contornos ni separaciones. [...]

La realidad aparente y la realidad última. La perspectiva cuántica

Fue necesario llegar al siglo XX para empezar a comprobar que las intuiciones de los místicos y de las grandes tradiciones de sabiduría eran totalmente acertadas: las conclusiones contrastadas en el campo de la mecánica cuántica parecen corroborarlo de una manera admirablemente convergente. Místicos y físicos, cada uno desde su ámbito, sin pretender un concordismo fácil, apuntan en la misma dirección: las cosas no son lo que parecen. En conclusión, haremos bien en poner en cuestión el modelo mental si no queremos quedarnos encerrados en su propia estrechez. Estrechez que culmina en el reduccionismo ―sólo existe aquello que percibo―, el materialismo ―sólo existe aquello que puedo tocar― y el dogmatismo ―que absolutiza sus propias, subjetivas y parciales creencias, llegando a tomarlas incluso como la verdad de lo real―. No deja de ser curioso que el materialismo agnóstico y el dogmatismo religioso coincidan en este punto.

Para ayudar a trascender el engaño que se halla en la raíz de esas actitudes chatas y empobrecedoras, me ha parecido oportuno hacer una breve referencia al modo como parece percibirse, desde la perspectiva cuántica, eso que llamamos "realidad", para evitar confundir, de una vez por todas, la realidad aparente con la realidad última, hasta donde hoy podemos llegar.

Desde Albert Einstein (E=mc2) sabemos que materia y energía son las dos caras de la misma realidad. La energía es materia multiplicada por la velocidad de la luz (casi 300.000 km/seg) al cuadrado (es decir, por 90.000.000.000 km/seg). Materia y energía son, en esencia, lo mismo.

Lo que sucede es que nuestros sentidos ordinarios y nuestro cerebro no pueden percibir y procesar la realidad a esa velocidad. Ello significa que sólo podemos percibir fragmentos de realidad ―la realidad aparente―, y que la realidad tal y como es ―la realidad última― se nos escapa irremediablemente.

La conclusión es patente: lo que percibimos no es sino una ficción que poco tiene que ver con lo que realmente es la Realidad. Hoy sabemos que, en la dimensión cuántica, la realidad fundamental es energía e información. La información va codificada en paquetes de energía que vibran a diferentes frecuencias. Lo que sucede es que la energía vibra demasiado rápido como para ser percibida por nuestros sentidos ordinarios u órganos neurobiológicos. Por ello se necesitan dispositivos especiales altamente sensibles ―como el acelerador de partículas― para poder trabajar en esa dimensión.

¿Cómo salir de ese laberinto? Hay una clave básica: reconocer que lo que percibimos no es sino la realidad aparente, una ficción creada por nuestro cerebro a partir de la percepción de nuestros sentidos ordinarios. El condicionamiento de la educación recibida nos hace creer que las cosas son entes materiales, separados e independientes ―como nuestros propios cuerpos, incluso las propias personas―, que sólo se relacionan entre sí cuando se tocan.

Sin embargo, la realidad subyacente a esa apariencia es que billones de átomos interaccionan entre si e intercambian continuamente energía e información. Personas y cosas somos paquetes de energía ―patrones de onda, vibración pura― e información, que interactúan continuamente, no sólo entre sí, sino también con todo el Cosmos.

La primera conclusión es patente: todo reduccionismo materialista no es sino consecuencia de la ignorancia, sostenida por una educación que ha consolidado como plausible la realidad que perciben nuestros sentidos. [...]

 

La física moderna está penetrando cada vez más en la estructura de la materia, y lo que encuentra es una danza de energía, un vacío primordial... Ese vacío, aparentemente caótico, contiene la información que organiza la materia. Y en su infinita creatividad genera todo lo que existe. Información, memoria, creatividad... En lo profundo de la materia se oculta el mayor de los misterios: la consciencia.

Si proyectamos esta perspectiva para observar desde ella lo que denominamos nuestra "identidad psicológica" o "yo", ¿dónde podernos decir que tal identidad "empieza" o "termina"?; ¿cuáles son sus límites?

Si todo es energía y, en último término, información, ¿qué es el yo? ¿En ese "paquete energético" podemos reconocer nuestra verdadera identidad? ¿No será que nuestro cerebro nos vuelve a engañar también en esta cuestión tan decisiva, al reducir ―debido a su estrecha visión― la consciencia que somos a los límites corporales que él mismo percibe?

Como tendremos ocasión de ver, cuando accedemos a nuestra identidad más profunda, de un modo directo, no mediado por la mente, experimentamos que, irreducibles a nada que podamos observar, somos la consciencia misma que, como Sujeto último, se halla presente en todo.

Por eso, cuando sufrimos por nuestro cuerpo, por nuestro psiquismo ―en definitiva, por todo lo que tiene que ver con nuestro "yo"―, se debe únicamente a que nos hemos identificado con lo que no somos: habíamos tomado como nuestra identidad lo que sólo es apariencia. Sin embargo, lo que realmente somos se halla libre de sufrimiento.

El modelo mental nos hace creer que somos el yo: la apariencia; el modelo no-dual nos lleva a reconocer nuestra realidad.

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